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TENGO LA EDAD DE ESTE POEMA
Soy efusivo. Tengo la edad de este poema. Abro mi archipiélago de candorosas venas, mis hojas manuscritas en la quebrada del ojo. Tener una edad para firmar papeles donde gotean alrededor del pozo íntimo el acíbar exterior de los cargos. Una edad salvadora del ceño admonitorio.
Tengo la edad preludio de este poema, sus años de arcilla y río testimoniante, sus vísceras en que se gastan fechas y cuartos menguantes como oficinas de registro. La edad es también una foto de familia, un complot contra las excelencias del residente.
En este poema respiran como náufragos mis años queribles de Capitán Nemo, mi mejor irreverencia contra el falso tapiz del maitre. En el candelero seglar de sus posesiones naufraga la maleza de mis dudas. Su voluntad es cavernaria, aspirante al azote aleatorio del respeto y la estima. Soy el Alí Baba que dinamita su cueva con versos lesionados junto al crujir doliente de la vida.
Soy efusivo. Tengo la edad de este poema. Y nunca me alarma ni me duele almorzar en la terraza mirando la vejez verdosa de los puertos.
Si digo que tengo su edad de palabras poseídas en grave desgobierno, es porque alguna vez quise ser coherente y terminé apostando mi submarino amarillo en el naipe proceloso de la metáfora.
Soy efusivo y conozco mis transgresiones como todo hombre cordial conoce sus límites
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